
"PAUSA"
Martín y Alicia estaban muy enamorados. Se conocían desde pequeños cuando jugaban con los demás muchachos del barrio y su relación perduró durante los últimos tres años del colegio. Una vez graduados, ambos sabían que debían separarse, pues los estudios que Martín quería cursar eran en la capital y ella por su parte debía esperar aquí en el norte, en la universidad local.
Pasó el primer año. Martín viajaba todos los fines de mes, pasaban todo ese fin de semana pegados el uno al otro, parecía que no había más mundo cruzando la puerta del bus que se llevaba al eterno enamorado de Alicia. Todos los meses era religiosa en su espera en el andén del terminal de buses, así como también en sus melosas y dramáticas despedidas, en las que le preparaba un sándwich y un termo con café para la agónica travesía.
Al segundo año, las visitas se restringieron un poco. La dificultad de las materias hacía que Martín ya no viajara cada fin de mes, sino que lo hacía cada dos meses. Alicia moría de pena cuando sonaba el teléfono y era él quien le destruía las ilusiones para los fines de semana largos: “no podré viajar, tengo mucho que estudiar y este mismo lunes rindo nuevamente un examen”.
Prontamente se entregó Alicia a la costumbre de la lejanía. Pasó el siguiente año y ocurría lo mismo. Al cuarto ya sólo aparecía Martín para los cumpleaños y uno que otro fin de semana largo demasiado esporádicamente. En vacaciones no se veían tanto como en los principios y prontamente se convirtieron en dos extraños el uno para el otro. Aún así seguían llamándose, cosa curiosa, porque las conversaciones eran tan planas, sin emoción, denotando que parecía más el cumplimiento de una mera formalidad más que un deseo de saber cómo se encontraba el otro.
Al sexto año, Martín concretó sus estudios y volvió por fin a su ciudad natal. Era la primera vez que se veía un rasgo de expresión en su rostro desde el primer año en que se había marchado. Llamó inmediatamente a Alicia para contarle la noticia, sería su viaje definitivo a casa, junto con ella. Alicia tomó la noticia con serenidad, por no decir indiferencia.
Cuando llegó el muchacho, corrió eufóricamente desde la parte trasera del bus y apenas puso un pie en tierra natal, buscó con la mirada el rostro de su amada entre la gente del terminal, sin éxito, pues ella ya no estaba allí para esperarlo como era de costumbre. Desconcertado, Martín fue a su casa para dejar sus bolsos y partió inmediatamente donde Alicia. Sus suegros le recibieron cariñosamente, le convidaron algo de beber y se sentaron a esperar a Alicia, quien llegaba de su práctica muy pronto. Cuando cruzó el umbral de la puerta, a Martín se le iluminó el rostro: “Mi amor, estoy aquí, por fin he terminado todo”. Alicia sonrío mecánicamente y extendió un frío abrazo de felicitaciones.
Martín entonces le preguntó si había olvidado que llegaba hoy, porque no había estado en el terminal para esperarlo. Alicia contestó que hace ya dos años que no va a esperarlo, que inclusive ellos mismo habían convenido que eso ya no corría. El joven por supuesto no recordaba ni una palabra de ello.
Los padres de Alicia no podían entender nada de la robótica escena, ya ni siquiera parecían amigos por cómo trataba la muchacha a su novio de toda la vida. Parecía que todo el tiempo que Martín olvidó alimentar la relación en la distancia creó un irrompible muro de hielo. Una pausa que terminó por convertir algo tan maravilloso y propio en una rutina convencional, aceptada más por la razón que por el corazón.
Pasó el primer año. Martín viajaba todos los fines de mes, pasaban todo ese fin de semana pegados el uno al otro, parecía que no había más mundo cruzando la puerta del bus que se llevaba al eterno enamorado de Alicia. Todos los meses era religiosa en su espera en el andén del terminal de buses, así como también en sus melosas y dramáticas despedidas, en las que le preparaba un sándwich y un termo con café para la agónica travesía.
Al segundo año, las visitas se restringieron un poco. La dificultad de las materias hacía que Martín ya no viajara cada fin de mes, sino que lo hacía cada dos meses. Alicia moría de pena cuando sonaba el teléfono y era él quien le destruía las ilusiones para los fines de semana largos: “no podré viajar, tengo mucho que estudiar y este mismo lunes rindo nuevamente un examen”.
Prontamente se entregó Alicia a la costumbre de la lejanía. Pasó el siguiente año y ocurría lo mismo. Al cuarto ya sólo aparecía Martín para los cumpleaños y uno que otro fin de semana largo demasiado esporádicamente. En vacaciones no se veían tanto como en los principios y prontamente se convirtieron en dos extraños el uno para el otro. Aún así seguían llamándose, cosa curiosa, porque las conversaciones eran tan planas, sin emoción, denotando que parecía más el cumplimiento de una mera formalidad más que un deseo de saber cómo se encontraba el otro.
Al sexto año, Martín concretó sus estudios y volvió por fin a su ciudad natal. Era la primera vez que se veía un rasgo de expresión en su rostro desde el primer año en que se había marchado. Llamó inmediatamente a Alicia para contarle la noticia, sería su viaje definitivo a casa, junto con ella. Alicia tomó la noticia con serenidad, por no decir indiferencia.
Cuando llegó el muchacho, corrió eufóricamente desde la parte trasera del bus y apenas puso un pie en tierra natal, buscó con la mirada el rostro de su amada entre la gente del terminal, sin éxito, pues ella ya no estaba allí para esperarlo como era de costumbre. Desconcertado, Martín fue a su casa para dejar sus bolsos y partió inmediatamente donde Alicia. Sus suegros le recibieron cariñosamente, le convidaron algo de beber y se sentaron a esperar a Alicia, quien llegaba de su práctica muy pronto. Cuando cruzó el umbral de la puerta, a Martín se le iluminó el rostro: “Mi amor, estoy aquí, por fin he terminado todo”. Alicia sonrío mecánicamente y extendió un frío abrazo de felicitaciones.
Martín entonces le preguntó si había olvidado que llegaba hoy, porque no había estado en el terminal para esperarlo. Alicia contestó que hace ya dos años que no va a esperarlo, que inclusive ellos mismo habían convenido que eso ya no corría. El joven por supuesto no recordaba ni una palabra de ello.
Los padres de Alicia no podían entender nada de la robótica escena, ya ni siquiera parecían amigos por cómo trataba la muchacha a su novio de toda la vida. Parecía que todo el tiempo que Martín olvidó alimentar la relación en la distancia creó un irrompible muro de hielo. Una pausa que terminó por convertir algo tan maravilloso y propio en una rutina convencional, aceptada más por la razón que por el corazón.
Creo que existen rutinas que son necesarias, pero existen otras que son mejores nunca hacerlas formar parte de nuestras vidas.
ResponderEliminarun abrazo