martes, 12 de mayo de 2009

Soledad


Soledad

Soledad siempre vivió buscando al amor de su vida. Desde joven que solía salir con varios muchachos en busca de aquel que conquistara su corazón. Conoció de todo tipo, desde los más bohemios, hasta los más profesionales, pero aún así ninguno podía hacerla sentir completa. Podía a veces no ser correspondida y en otras ella era quien no le correspondía a los pretendientes. Asi pasaron los años hasta cuando conoció a Reinaldo.

Reinaldo era un joven ayudante de marino, por lo cual su estadía en el puerto era esporádica, no obstante, en una de esas tantas estancias fue cuando se encontró con Soledad, la única mujer que adoraba ver el mar en los días de tormenta. Se acercó muy caballerosamente y con un balbuceante “¿me puedo sentar?” fue que entabló una bonita amistad con la mozuela.

Vino al tiempo su segunda visita, en la cual pudieron conocerse mucho más, eso sí, durante el tiempo intermedio, ambos no paraban de pensar el uno en el otro, tanto Reinaldo en altamar como Soledad en su trabajo en la pescadería. Contaban los días para ese esperado encuentro, era la primera vez que ella quería con tanto deseo asistir a una segunda cita. Pasó así el tiempo y sin pausa alguna, ambos se unieron en compromiso. Durante las visitas de Reinaldo una vez cada mes, consiguieron armar un hogar acogedor, con vista hacia el mar, desde un balcón, del cual todas las tardes Soledad se sentaba a ver el ocaso, en la espera del próximo arribo de su amor.

Todo fue tan mágico hasta que transcurrió el tiempo de dos años. La pareja entonces estaba empezando a planificar en agradarse cuando de pronto estalla una feroz discusión. Reinaldo estaba cada vez más insoportable, cada vez que llegaba se comportaba poco a poco como un ser más rudo. Soledad prefirió no armar alboroto, de seguro había sido el cansancio del viaje. Sin embargo, las futuras visitas no fueron mejores, llegaron incluso a odiarse y discutían cada vez que se dejaba caer el marino. Su esencia también cambió mucho, del hombre sensible que conoció aquella tarde en el muelle, ahora era un hombre distante y con peores costumbres. Soledad en consecuencia, se volvió una mujer tan triste y tan atacada que comenzó a perder su lozanía y ya su piel y cabellos no eran tan brillantes como cuando solía buscar a su príncipe azul.

Fue entonces cuando Soledad le dijo a Reinaldo que ella pensaba dejarle, pues la relación se estaba tornando en un ring de pelea y prefería mejor distanciarse e irse donde sus padres en el puerto del otro lado de la bahía. Los celos de Reinaldo hacia una supuesta infidelidad de su mujer lo hicieron reaccionar monstruosamente, pero pronto se calmó, se echó hacia atrás en su silla, encendió un cigarrillo y tras levantarse e irse hacia el balcón a mirar el mar, sentenció: “da lo mismo lo que hagas, sé que volverás”. Ante ésto Soledad pensaba que se trataba de alguna declaración romántica, el regreso por amor, pero fue todo lo contrario, el marino añadió: “No te doy más de un mes para que con esa cara tan deslavada vuelvas llorando aquí, sé que no ves todo lo que he hecho por ti, esta casa la he pagado con todos mis viajes y tú te atreves a tirarlo por la borda por el capricho absurdo de que no aceptas que no hablemos cuando lo único que quiero es descansar”. Soledad estalló en llanto y se encerró en su habitación. Permaneció muda y entristecida durante toda esa estancia de su marido hasta que este por fin se hizo a la mar otra vez.

Al volver nuevamente, encontró a Soledad y acotó: “Sabía que no te irías, ahora ven y sírveme algo de comer que estoy muerto de hambre”. Soledad no sabía qué hacer, atendió a su marido y tras mirarlo a los ojos se imaginaba el reflejo de aquella tarde en el muelle, entonces decidía siempre quedarse, estaba tan enraizada a su fe de volver a encontrar a ese hombre dulce y tierno en los ojos del ahora hostil y ogro marino que no quería dejarle. Los malos tratos y la frialdad continuaron pero ella no podía quitar de su mente que algún día el hombre que bajaría de ese barco sería nuevamente su Reinaldo de antaño. Pasaron otros dos años y no ocurrió, pasaron otros dos y nada, hasta que ella se hizo de arrugas tan profundas y cabellos tan grises a la edad de treinta años que obviamente nadie la miraría de nuevo en la calle como lo fue anteriormente.

Ese arribo fue el último que hizo Reinaldo antes de la despedida. Llegó a casa y encontró las cosas de Soledad en la puerta: “Me voy decía, no soporto más”. Reinaldo no paró de humillarle: “Vas a volver, si somos el uno para el otro, estás destinada a quedarte conmigo y sólo debes aceptar que yo llegue así”. Siguió y siguió esperando por muchos años, pero Reinaldo jamás volvió a encontrar a la por fin valerosa Soledad, que tuvo el poder de escapar dignamente de una relación que la encadenaba a una fe tan ciega como un esposo que no sabe lo que siente el amor de su vida.

1 comentario:

  1. Espero que la persona a quien se lo dedico capte la esencia de lo que el cuento quiere decir.

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