
"La ventana del frente"
Mario nunca fue un muchacho correcto en las cosas que hacía. Se dedicaba a vagar, a vivir en su mundo de diversión, sorteando la realidad, evadiendo las responsabilidades y huyendo de todo aquello que le significara esfuerzo. Así nunca consiguió terminar ninguna carrera; tampoco aprendió ningún oficio y finalmente, jamás ha conservado un empleo por más de tres meses. Es todo un gozador.
Su padre, aburrido de mantenerlo, decidió desafiarlo a que viviera su propia vida, lo echó de casa y así fue como Mario llegó a arrendar un pequeño cuartucho de mala muerte en el centro de la ciudad. Su ventana daba la vista hacia la calle y sobre todo al edificio del frente. El espacio no era mucho, por lo cual no tardó en convertirlo en un chiquero. Botellas de cerveza, latas vacías, colillas de cigarro y ropa sucia tirada por doquier, eran todo lo que uno podía aspirar encontrar en la inmundicia en que vivía.
Un día, Mario llegaba de un carrete, alrededor de las 4 de la madrugada. Mareado y algo dopado por el pito de marihuana que había consumido, lo hicieron llegar a duras penas hasta su pieza en el piso cuarto. Casi se cae cuando se intentaba quitar los zapatos y al apoyarse en la pared, quedó mirando hacia la ventana del edificio del frente, el único que mantenía encendida una luz a esas horas de la noche.
Lo que Mario vio en ese momento no lo podía creer. Fue tan impresionante que el efecto de la curadera y del alucinógeno desapareció casi en su plenitud. Era un tipo, aparentemente de unos 40 años de edad, fornido, alto y rapado. Le propinó una golpiza al otro tipo que estaba allí para finalmente estrangularlo con sus manos. Luego, como si fuera poco, ató su cuello de una soga a una viga del techo para que pareciese que él mismo se había suicidado. Mario palideció y cuando vio que el asesino se disponía a correr las cortinas de la ventana por la que él estaba espiando, se escondió rápidamente. No pudo conciliar el sueño pensando en por qué le habrían dado muerte al señor de aquel departamento.
A la mañana siguiente la noticia fue voladera por todo el barrio. Todos hablaban del supuesto suicidio del señor López, un hombre tranquilo, sin vicios que vivía solo en ese lugar, recuperándose de un supuesto alcoholismo. Mario no quiso comentar nada ante el rumoreo total que se veía, prefirió guardar silencio y sólo lo comentó con sus amigos, quienes obviamente en su poca seriedad lo trataron de loco y de haber fumado demasiada hierba.
Pasaron las semanas y Mario consiguió un trabajo como junior en una empresa cerca de donde estaba viviendo. Un buen día terminó bastante tarde y decidió pasarse a la botillería que estaba en la esquina para comprar una cerveza. Al volver a casa vio estacionarse y bajar de un auto al mismo tipo que vio aquella noche en que murió el señor López. Prontamente, subió hasta su cuarto y se colocó a espiar sigilosamente desde su ventana. El hombre en tanto, había entrado al mismo edificio pero esta vez, Mario presenció algo más macabro desde la ventana contigua a la del hombre dado muerto. El supuesto asesino habría salido del edificio con algo contundente envuelto en bolsas plásticas de basura. Todo indicaba que se trataría de un cadáver. Otra vez se pasó la noche en vela, sofocado por las tribulaciones terribles de haber sido el único testigo, primero de un homicidio y luego de la desaparición de una persona. Al otro día se supo todo, el hombre que vivía al lado del señor López, el señor Jiménez, jugador empedernido, habría apostado hasta el titulo de su casa, estaba a punto de que le embargasen, todos en el barrio comentaban que se había supuestamente fugado sin previo aviso, dejando sola a su mujer, quien trabajaba de turno nocturno como enfermera y sólo se enteró de la desaparición sin rastro hasta esas horas de la mañana.
Ahora sí que a Mario le cargaba una culpa horrible, era entendible dentro de su poco prolija alma que el primer incidente lo pasara por alto, pero ahora esto, una segunda víctima y más encima lo habían hecho desaparecer, tenía que hacer algo.
Un mes después, cuando todas las cosas parecían en calma, Mario había conseguido ascender a la planta de la empresa en que trabajaba. El temor de encontrarse con problemas durante la noche hacía que ya no saliese de parranda y adquiriera ahora hábitos mejores. Como pasaba más tiempo encerrado por el miedo, ordenó su cuarto y sólo salía para ir a trabajar, volviendo muy temprano, apenas salía. Cierta noche, regresaba a su morada cuando observó el auto del mismo asesino estacionado a la puerta del edificio donde él vivía. Subió, evitando hacer alboroto y se encerró en su pieza con la oreja pegada a la puerta. Se oía una suave discusión desde la habitación del lado. Peleaban por una deuda pendiente, para la cual ya se había acabado el plazo final y entonces tendría el endeudado que sufrir las “consecuencias”. Mario se petrificó completamente e intentando calmarse abrió la ventana de su cuarto. Observó a los pocos minutos que el mismo hombre rapado y gigante salía con el vecino suyo del brazo, lo subió al auto donde había otros dos tipos más. Cuando el líder lo puso en el asiento trasero con los otros escoltas, miró hacia el edificio, Mario agachó velozmente su cabeza.
Como era de costumbre, el día siguiente estuvo cargado de cuchicheos por la discusión de la noche anterior. Pasaron los días y el vecino de esa pieza no volvió a ser visto, había desaparecido y la señora dueña de casa hizo sacar sus cosas para poner en arriendo la pieza nuevamente, habían pasado otros dos meses más sin novedad por el barrio.
Mario siguió trabajando en la misma empresa, estuvo asistiendo a unas capacitaciones y sacó adelante una mención como técnico en computación. Ahora sí pudo ahorrar una buena cantidad de dinero, que, recién pagado, disponía a utilizar en buscar otro lugar más cómodo para vivir. Subió a sus aposentos como todas las noches después del trabajo y se acostó a dormir.
A la mañana siguiente todos comentaban en el barrio. El joven Mario se habría ahorcado con las sábanas de su cama. El cuerpo estaba colgado desde una viga del techo, con la expresión de sus ojos muertos apuntando justo al departamento del frente, donde el señor López habría muerto exactamente en las mismas circunstancias.
Mario nunca fue un muchacho correcto en las cosas que hacía. Se dedicaba a vagar, a vivir en su mundo de diversión, sorteando la realidad, evadiendo las responsabilidades y huyendo de todo aquello que le significara esfuerzo. Así nunca consiguió terminar ninguna carrera; tampoco aprendió ningún oficio y finalmente, jamás ha conservado un empleo por más de tres meses. Es todo un gozador.
Su padre, aburrido de mantenerlo, decidió desafiarlo a que viviera su propia vida, lo echó de casa y así fue como Mario llegó a arrendar un pequeño cuartucho de mala muerte en el centro de la ciudad. Su ventana daba la vista hacia la calle y sobre todo al edificio del frente. El espacio no era mucho, por lo cual no tardó en convertirlo en un chiquero. Botellas de cerveza, latas vacías, colillas de cigarro y ropa sucia tirada por doquier, eran todo lo que uno podía aspirar encontrar en la inmundicia en que vivía.
Un día, Mario llegaba de un carrete, alrededor de las 4 de la madrugada. Mareado y algo dopado por el pito de marihuana que había consumido, lo hicieron llegar a duras penas hasta su pieza en el piso cuarto. Casi se cae cuando se intentaba quitar los zapatos y al apoyarse en la pared, quedó mirando hacia la ventana del edificio del frente, el único que mantenía encendida una luz a esas horas de la noche.
Lo que Mario vio en ese momento no lo podía creer. Fue tan impresionante que el efecto de la curadera y del alucinógeno desapareció casi en su plenitud. Era un tipo, aparentemente de unos 40 años de edad, fornido, alto y rapado. Le propinó una golpiza al otro tipo que estaba allí para finalmente estrangularlo con sus manos. Luego, como si fuera poco, ató su cuello de una soga a una viga del techo para que pareciese que él mismo se había suicidado. Mario palideció y cuando vio que el asesino se disponía a correr las cortinas de la ventana por la que él estaba espiando, se escondió rápidamente. No pudo conciliar el sueño pensando en por qué le habrían dado muerte al señor de aquel departamento.
A la mañana siguiente la noticia fue voladera por todo el barrio. Todos hablaban del supuesto suicidio del señor López, un hombre tranquilo, sin vicios que vivía solo en ese lugar, recuperándose de un supuesto alcoholismo. Mario no quiso comentar nada ante el rumoreo total que se veía, prefirió guardar silencio y sólo lo comentó con sus amigos, quienes obviamente en su poca seriedad lo trataron de loco y de haber fumado demasiada hierba.
Pasaron las semanas y Mario consiguió un trabajo como junior en una empresa cerca de donde estaba viviendo. Un buen día terminó bastante tarde y decidió pasarse a la botillería que estaba en la esquina para comprar una cerveza. Al volver a casa vio estacionarse y bajar de un auto al mismo tipo que vio aquella noche en que murió el señor López. Prontamente, subió hasta su cuarto y se colocó a espiar sigilosamente desde su ventana. El hombre en tanto, había entrado al mismo edificio pero esta vez, Mario presenció algo más macabro desde la ventana contigua a la del hombre dado muerto. El supuesto asesino habría salido del edificio con algo contundente envuelto en bolsas plásticas de basura. Todo indicaba que se trataría de un cadáver. Otra vez se pasó la noche en vela, sofocado por las tribulaciones terribles de haber sido el único testigo, primero de un homicidio y luego de la desaparición de una persona. Al otro día se supo todo, el hombre que vivía al lado del señor López, el señor Jiménez, jugador empedernido, habría apostado hasta el titulo de su casa, estaba a punto de que le embargasen, todos en el barrio comentaban que se había supuestamente fugado sin previo aviso, dejando sola a su mujer, quien trabajaba de turno nocturno como enfermera y sólo se enteró de la desaparición sin rastro hasta esas horas de la mañana.
Ahora sí que a Mario le cargaba una culpa horrible, era entendible dentro de su poco prolija alma que el primer incidente lo pasara por alto, pero ahora esto, una segunda víctima y más encima lo habían hecho desaparecer, tenía que hacer algo.
Un mes después, cuando todas las cosas parecían en calma, Mario había conseguido ascender a la planta de la empresa en que trabajaba. El temor de encontrarse con problemas durante la noche hacía que ya no saliese de parranda y adquiriera ahora hábitos mejores. Como pasaba más tiempo encerrado por el miedo, ordenó su cuarto y sólo salía para ir a trabajar, volviendo muy temprano, apenas salía. Cierta noche, regresaba a su morada cuando observó el auto del mismo asesino estacionado a la puerta del edificio donde él vivía. Subió, evitando hacer alboroto y se encerró en su pieza con la oreja pegada a la puerta. Se oía una suave discusión desde la habitación del lado. Peleaban por una deuda pendiente, para la cual ya se había acabado el plazo final y entonces tendría el endeudado que sufrir las “consecuencias”. Mario se petrificó completamente e intentando calmarse abrió la ventana de su cuarto. Observó a los pocos minutos que el mismo hombre rapado y gigante salía con el vecino suyo del brazo, lo subió al auto donde había otros dos tipos más. Cuando el líder lo puso en el asiento trasero con los otros escoltas, miró hacia el edificio, Mario agachó velozmente su cabeza.
Como era de costumbre, el día siguiente estuvo cargado de cuchicheos por la discusión de la noche anterior. Pasaron los días y el vecino de esa pieza no volvió a ser visto, había desaparecido y la señora dueña de casa hizo sacar sus cosas para poner en arriendo la pieza nuevamente, habían pasado otros dos meses más sin novedad por el barrio.
Mario siguió trabajando en la misma empresa, estuvo asistiendo a unas capacitaciones y sacó adelante una mención como técnico en computación. Ahora sí pudo ahorrar una buena cantidad de dinero, que, recién pagado, disponía a utilizar en buscar otro lugar más cómodo para vivir. Subió a sus aposentos como todas las noches después del trabajo y se acostó a dormir.
A la mañana siguiente todos comentaban en el barrio. El joven Mario se habría ahorcado con las sábanas de su cama. El cuerpo estaba colgado desde una viga del techo, con la expresión de sus ojos muertos apuntando justo al departamento del frente, donde el señor López habría muerto exactamente en las mismas circunstancias.
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