domingo, 12 de abril de 2009

Un Accidente Maravilloso


"Un accidente maravilloso"


Era una carretera tan perdida, tan sola, empapada en melancolía y en desvelo por la luz de la luna llena. Los dos viajeros se entregaron en la oscuridad de la pampa buscando quien pudiera llevarlos de regreso a la ciudad. La nave en que viajaban se había averiado por completo y su única esperanza era que volviera a transitar por allí algún alma caritativa que les facilitara el transporte.

Gastón miraba hacia la luna, el astro estaba en toda su plenitud y él, como tenía apenas 10 años, nunca había podido apreciar la vía láctea de forma tan natural como esa noche, esto porque en la gran ciudad no existe forma alguna de darse estos lujos que, siendo naturales, terminaron siendo suntuosos para los pocos que se atreven a vacacionar en el siglo XXVI.

Por otro lado, el padre de Gastón seguía pateando su aeronave. Era imposible que le reparase ahora sin la luminosidad suficiente, así que terminó por rendirse y volver atrás, al último pueblo en el que habían pernoctado. Sacó un par de mantas del asiento trasero y dejando el vehículo bien cerrado, emprendieron la peregrinación por el desierto.

“Jamás pensé que el cielo fuera tan hermoso, papá” decía Gastón con los ojos iluminados. “Desde luego que sí, aunque te diré que la última tecnología de realidad virtual no tiene nada que envidiarle a la madre naturaleza”, le contestó amargamente su padre.

A Gastón poco le importaban los adelantos de su época, ni los viajes de campo a la superficie de Marte. Todo lo que él quería era poder contemplar su propio planeta, sentado en una roca tal como lo hacían sus antepasados del siglo XXI. De pronto se detuvo perplejo, casi tiritaba y faltaba muy poco para que escapara una lágrima de sus ojos, vio por fin en vivo y en directo una estrella fugaz trazando su línea por todo el horizonte hasta perderse en el último cerro de la cordillera. Su felicidad era desbordante, parecía un loco. Su padre en tanto estaba asustado, pensaba en que su hijo había enfermado o bien, estaba tupido por el frío. Cuando por fin Gastón pudo proferir palabras, acotó: “Antes, la cultura tendía a divinizar las estrellas fugaces. Decían que era una especie de designio de buena fortuna. Pediré un deseo al igual que como lo hacían los antepasados”. Su padre echó a reír y tomándolo de la mano le persistió en continuar caminando con prisa.

Más adelante se lograban divisar unos pequeños arbustos secos y unas piedras coloradas. El niño se volvió a quedar atónito. “Papá ¿cómo se mantienen con vida estas plantas?”. El adulto balbuceó con inseguridad: “creo que la humedad de la noche les da agua. Ahora vamos que si se nos hace más tarde no encontraremos ningún vuelo a casa”. El pequeño atinó a llevarse una piedrecita pequeña de color blanco. La puso en el bolsillo de su chaqueta.

La noche avanzaba en su negra penuria. Por suerte había luna, pero la luz no duraría por mucho tiempo. Gastón fue el primero en divisar adelante del camino una densa capa de niebla. Esta última estaba tan espesa que el padre tuvo que llevar de la mano a su hijo para evitar perderle. No veía nada más allá de su propia nariz. “Maldita nave” repetía una y mil veces, temblando de frío, desvalido. “Maldita nave, maldita nave”. Volvía a gruñir.

Para Gastón en cambio, las campanadas de su interior alababan el infortunio que detuvo su rápido y ligero viaje. Padre e hijo habían salido ese fin de semana porque el progenitor de Gastón debió llevar de urgencia unas maquinarias a la planta de lanzamientos que transporta la carga a la sucursal de Marte de la prestigiosa siderúrgica Orión III, lugar emplazado en la pre cordillera, tras un desértico ascenso. Todo en esa travesía no habían sido más que discursos sobre lo útil del acero en la minería de Marte, en lo rápido que el nuevo planeta se estaba convirtiendo en un hormiguero humano, completamente cubierto de cables, de tubos, de pantallas líquidas y de motores a explosión. Todo en ese fin de semana carecía de valor espiritual, de esencia, de naturaleza, de humanidad.

Conforme avanzaban sus pasos, menos se podía ver a través del frío y húmedo manto de bruma. El padre perdió el sentido por un minuto, de repente se cortó con cuchillo el silencio apacible de la escena, el motor de algún vehículo aproximándose. Ahora la pregunta era por dónde aparecería. Gastón temblaba. Sentía que se acercaba directo hacia ellos. “Silencio” exclamó su padre, entorpecido por el exceso de habilidad de supervivencia, no podía ubicar por dónde aparecería el monstruo metálico. Gastón bajó la mirada en señal de respeto, en ese instante logró conseguir una pista, justo bajo sus pies, estaban sobre una de las líneas blancas de las que se disponen en medio de las carreteras. El muchacho cogió a su padre, perplejo por ver los dos imponentes faroles neblineros de un convoy de carga.

Por fortuna alcanzaron a salir de la huella antes de ser arrollados. El conductor del carguero no se detuvo, es más, seguramente jamás los vio porque “esos convoy suelen viajar en piloto automático”, exclamó el molesto adulto. Al fin algo malo de entre todas las maravillas de las que se pavoneaban en esta era.

Saliendo de la niebla, las cosas no se pusieron mejor. Comenzó a rugir el estómago de ambos viajeros y el frío estaba calando hondo en los huesos. El padre no pudo contener más lo desorientado y asustado que se encontraba y Gastón le pidió de favor que se detuvieran un momento. “No Gastón, ahora no es tiempo de mirar a las estrellas ni a los cactus otra vez, casi nos matan allí en la neblina y ahora lo único que quiero es un maldito pueblo en donde poder tener calefacción y algo de comida”.

El pequeño Gastón quedó devastado, fue tan hiriente sentir esas palabras por parte de su padre, sacó las manos de sus bolsillos y entre esos, la piedra que había recogido. “Si tan malo te parece todo esto” exclamó y arrojó la piedra tan fuerte como pudo al pavimento. El pequeño mineral rodo y rodo por el asfalto a una buena velocidad, raspando sus puntas en la superficie, brotó una chispa, luego otra y cuando se hubo detenido, se encendió una pequeña llama.

Padre e hijo estaban atónitos, era fuego en medio del desierto y que provino de la pequeña piedrecita. Pues claro, la piedra era un resto de salitre, un elemento natural, algo increíble de pensarse en la cabeza del odioso y maquinado adulto, vencido por la naturaleza y viveza de lo más simple de la vida.

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