
Hola:
Iquique II
De repente se escuchó el sonido de la nave aterrizar. Eran las 7 de la mañana y mi corazón estaba tan despierto que en cualquier minuto veía que se me salía por la boca en su tamborileo constante e insufrible. “Hemos llegado” gritaba el comandante al resto de los tripulantes de la misión. Nos disponíamos a desperezarnos del incómodo sueño que se concilia en los asientos reclinables de la nave de exploración Baquedano VI para aprontarnos a nuestra misión del día.
- Se han detectado mediante un sondeo que podrían existir sobrevivientes aún en la zona – decía el comandante. – Su misión es encontrar cualquier resto de osamenta humana que puedan constatar en todo el perímetro. La vida de alguien pende de un hilo ahora y es preciso que lo encuentren con la mayor prontitud posible ¿quedó claro? -.
- ¡Sí, comandante! – gritaron los tripulantes a coro.
Me terminé de ajustar el traje para poder salir al exterior, el aire aún se siente pesado y por la carencia de vida vegetal en el terreno es más que obvio que se debe al alto grado de contaminantes flotando de manera microscópica. Me puse el casco y decidí dar el gran paso fuera de la nave, entonces lo vi. Eran las ruinas de una antigua ciudad completamente devastada por el impacto del 2012.
Quedaban edificios aún en pie, algunos escombros de otros tantos reducidos en cenizas y otras ruinas de edificios muy antiguos de madera. Las calles completamente desiertas, no se podía percibir ningún vestigio de vida en aquel desolado basural.
Los demás muchachos de la expedición se aprontaron a recorrer los alrededores, mas yo decidí internarme en lo que parecía una plaza. Me sorprendió que en su centro hubiera estado una torre con un reloj que todavía quedaba en pie, marcaba justamente la hora del impacto de ese día 22 de Diciembre. Las manecillas indicaban las 19:35 pm.
Más adelante quedaba la fachada de un gran edificio blanco, ennegrecido por las cenizas. Sus puertas de madera se vinieron abajo en cuanto hube tocado la manilla de la entrada, el estruendo se escuchó al interior del oscuro edificio y llamé para saber si había alguien ahí dentro pero nadie contestó. Di entonces la vuelta pero sentí que algo se movió entre las sombras del interior, apunté con mi puntero láser y mantuve la posición defensiva:
- ¿Quién anda ahí? -. Grité, entonces se volvió a oír el sonido de que algo se escabullía ahí dentro.
Me armé de valor y me adentré al edificio, se trataba del antiguo teatro de la ciudad. Recorrí el pasillo central por entre las butacas para llegar hasta el escenario, me paré en el centro y desde ahí iba alumbrando hacia todos los rincones para encontrar al responsable del ruido. En ese momento escuché unos pasos detrás de mí que se pegaron a mi espalda y me sujetaron con fuerza, dejando caer la linterna que traía.
Pude ver por el haz de luz que se coló fugazmente que unos brazos humanos me sujetaban. El individuo se comportaba más como un animal salvaje. Al sentir que el rayo de luz lo apuntó directamente a sus ojos se escondió detrás del telón y luego salió a toda velocidad por el pasillo hasta la puerta que había derribado. Me recuperé de inmediato y salí tras él.
Perseguí al andrajoso esperpento por una larga avenida que había servido como paseo en el tiempo en que la ciudad tenía vida. Al final del camino, el monstruo se escondió en los asientos del vagón de un tren urbano de madera que estaba viejo y con las terminaciones metálicas oxidadas. Le obligué a que bajara pero ante su negativa di un salto al interior para atraparlo, se trataba de un ser humano pero con toda su piel ulcerada, sus ropas roídas, el cabello muy largo y sucio y las uñas largas como garras negras. Su comportamiento se asemejaba al de un aborigen siendo encontrado con la civilización por primera vez. Quise acercarme pero me lanzó un garrotazo que le sirvió para mantenerme distraído mientras que de un salto se escapaba del vagón.
Una compañera, Mónica, me gritó desde abajo del vehículo:
- ¿Qué ha sido eso, Arturo? -.
- No lo sé -.Le respondí, mientras bajaba del vagón.
Cuando puse los dos pies en suelo firme mi compañera de misión quedó horrorizada. Le pregunté que si pasaba algo malo, entonces ella señaló a mi brazo derecho, que era con el cual había intentado tocar a la bestia humanoide:
- ¡Estás sangrando! -. Exclamó entre cortado con la voz muy afectada.
Continuará...
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