
"La Reina del Antro"
Las luces de neón bañaban el ambiente en un cálido resplandor fluorescente de colores mágicos. Tonos azules, violetas y purpúreos en combinación con el humo de cigarrillo y la música electrónica de aquel antro creaban una atmósfera nocturna en la cual las almas buscaban el refugio en un lugar ameno para sus almas solitarias, sin saber que ese salto al destino era un paso que seguían dando en la más completa individualidad. Puedes estar rodeado de mil caras alrededor de la pista de baile, sin embargo, cuando llegan las cuatro de la mañana y es hora de regresar a casa, estarás tú, frente a frente, sólo con tu reflejo en el espejo del baño, lavándote los dientes e intentando componer esa horrible cara que el trasnoche bien sabe hacer notar en cada uno de los surcos de tu piel.
Victoria, una muchacha de delgada figura, piel muy blanca, cabellos rubios y rizados hasta los hombros, unos ojos preciosos de color celeste y un jeans ajustado que resaltaban sus caderas tanto como su blusa denotaba sus pechos, estaba de pie en uno de los rincones del antro, con su vaso de ron cola en la mano, tratando de convencer a su amiga Pilar para que saliera a bailar con ella y las demás amigas. La tímida Pilar, que se acomplejaba de su figura más voluptuosa y que parecía sentir vergüenza de beber mango sour insistía en que prefería irse a su casa para terminar viendo alguna película de HBO que alcanzara a pillar desde el principio, al tiempo que devora los restos de algún trozo de torta de su paupérrimo refrigerador.
Los hombres del lugar no paraban de acosar a Victoria mientras esta hablaba con su amiga, muchos de ellos con la picardía de intentar sacarla a bailar. Tras los intentos de disuadir a Pilar en su convicción de abandonar el recinto, Victoria accede a la invitación de uno de sus prospectos para dar rienda suelta a los movimientos de su cuerpo, los cuales se potencian con los delicados tonos de la tenue luz lavanda que bañan la pista. Pilar observa con envidia cómo en el destello de la discoteca su amiga es capaz de ligar tan fácilmente con uno y con otro, es tan codiciada, tan perfecta, tan hermosa que cualquier hombre que la ve bailar se convierte inmediatamente en presa de un deseo morboso de clavar sus ojos en ella y posar sus manos en esas caderas que se balancean hipnóticamente en el trance embriagador del alcohol y la electrónica.
De boca en boca y de mano en mano, Victoria le muestra a Pilar todo lo que ella jamás podría siquiera aspirar. Un mundo sensual, en que los sentidos te transportan al placer más carnal y superficial. Un lugar al que para acceder, debes saber jugar y para jugarlo tienes que tener lo necesario, no un cuerpo en el cual algunas piezas de él se escapan sin control y debes ocultarlo bajo un cinturón que cuesta ajustar.
La princesa Victoria parece poder tenerlo todo en la pista de baile mas nunca un príncipe que la acompañe a su trono por más tiempo que una sola noche. Es asombroso y un placer autodestructivo de Pilar ser testigo del desfile de hombres que llegan a la cama de su amiga: - ¿Será que ella nunca se enamora? -. Para Victoria es un juego en el que el sexo es sólo eso, sexo. Salir a bailar para ella es ir en plan de cacería de la presa que sea capaz de brindártelo ¡ojo! Que ninguna de estas presas se puede repetir, ni retener. – Es tan libre, un alma tan propia de sí misma que jamás podría ser entregada a alguien más -.
- He bailado con ese, me he acostado con aquél, ese de ahí da los besos de tal forma -. Son todo lo que se oye de Victoria cuando está hablando con sus amigas en plan de buscar “ligue”. Esa noche fue distinto, porque después del espectáculo que acababa de dar a los compases del último remix, Victoria no reparó en un hombre moreno, muy alto con rasgos arábigos y unos ojos negros electrizantemente magnéticos. El contacto visual fue inmediato, la agringada princesa se acercó haciéndole un gesto a Pilar de que esperara hasta un poco más para que se fueran y mientras el hombre misterioso bailaba junto a otra chica se paseó por entre medio de los dos meneándose con la sutileza y sensualidad que la caracterizaba. Bastó un ligero coqueteo para que el tipo pusiera sus ojos en ella y le siguiera hasta el centro de la pista. Allí, fundidos en los sintetizadores y el beat de la música y el caleidoscopio de luces de colores sobre ellos parecía como si el mundo alrededor desapareciera. Los dos cuerpos, piel con piel frotándose, mezclándose en el sudor que emanaban sus cuerpos, imantados por esa sexualidad que conectaba irrompiblemente cuando sus ojos se clavaban los unos en los del otro, se convirtieron en un momento mágico en el que el resto del planeta conspiró para dejarlos solos en la intimidad de una burbuja que no existía en el mundo en el que estaban compartiendo.
- ¿Cuál es tu nombre? -.
- Isaac ¿y el tuyo? -.
- Victoria -.
La muchacha se quedó pegada en la profundidad de los ojos negros de Isaac, este se acercó sin ningún temor a su rostro, la tomó con una mano de la cintura con total confianza y bajo la misma seguridad le acarició el rostro con la otra, luego coqueteó con la proximidad de sus labios con los de ella hasta que en un momento en que la presión por besarle se volvió insoportable, Victoria fusionó su boca con la de su amante fugaz mientras que las luces de la pista decayeron como estrellas fugaces en el firmamento.
- ¿Quieres venir a mi departamento a tomar un trago? -.
Isaac le sonrió.
- Espérame, iré a avisarle a mis amigas que me voy -.
Llegó apresurada donde estaban Pilar y las otras muchachas para despedirse desesperadamente. Sus ojos estaban iluminados como los de una niña de quince, al parecer no esperaba que Isaac fuera como cualquiera de sus compañeros sexuales, Pilar se atrevió a decir que inclusive Victoria podría haberse flechado a primera vista de él. El grupo de amigas se retiró de la discoteca, cada una de ellas en soledad.
Victoria llegó en tanto hasta donde le había dicho a Isaac que la esperase pero él no estaba allí. Corrió entre la gente que aún quedaba en la pista pero debido a la oscuridad y el flash de la luz corta movimientos no pudo dar nunca con el rostro de su romántico enlace. Se sentó a esperarlo en la barra, a ver si lo divisaba otra vez pero fue en vano, ya que ni siquiera cuando les pidieron retirarse del local para cerrar le volvió a ver.
Esa noche, la princesa del mundo que parecía tan poderosa por tener al hombre que quisiera en su cama se fue a dormir sola con su corazón destrozado.
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